martes, 26 de marzo de 2013

Luz y Tequila
















Despertó con los primeros rayos de Sol que entraban a través de la ventana, rojos y naranjas, inundando la habitación con un ambiente cálido y tranquilo. Abrió un ojo, rojo, irritado por la falta de sueño. Abrió el otro, y sintió el dolor de cabeza brotar. Resaca, un día más.

Había pasado la noche bebiendo. Esa noche, había bebido mucho más de lo que nunca se había creído capaz, o al menos eso indicaba la falta de botellas de tequila en la habitación. No recordaba nada, hizo un intento por recordar, pero una arcada le obligó a correr al baño. Una vez hubo recompuesto su estómago un poco, con ese sabor entre ácido y amargo en la boca, volvió a intentar recordar. Nada.
Cogió las llaves y se dispuso a salir a la calle, ya estaba vestido, pues no se había preocupado ni en cambiarse al ir a dormir. Llegó al coche, abrió la puerta, se sentó y, torpemente, se abrochó el cinturón. Su cabeza iba a estallar. Respiró profundamente y arrancó el coche. Sabía dónde ir, era allí donde marchaba cada mañana de resaca, o lo que es lo mismo, cada mañana desde hacía tres meses. 

Llegó en apenas diez minutos. A las afueras, junto al antiguo centro comercial, donde el abismo de un barranco dejaba contemplar las praderas que abajo rebosaban de brillo fresco, como el de una gota de rocío cuando se condensa en la punta de las hojas de los árboles y hacen que éste brille con más fuerza. Así era aquello, una bocanada de aire que le daba fuerzas cada mañana.
Una vez hubo recuperado el sentido del tiempo, tras lo que posiblemente hubo sido una hora, decidió que ya había llegado el momento de volver. Se levantó, pues en su contemplación había caído de rodillas ante tal belleza, la única que podía compararse a la de quien un día tuvo que ser suya. No quería estropear el momento, así que subió al coche, arrancó, esta vez con las manos más temblorosas. Colocó el automóvil de espaldas al barranco que aun veía tras el espejo retrovisor, y puso la marcha atrás.

El coche aceleró, derrapando y haciendo que la tierra levantase una gran nube de polvo oscuro y sucio. El coche, por su parte, se deslizó a una velocidad atroz hacia el vacío, sobre los prados, sobre el rocío, sobre las preciosas vistas. El viento entraba por las ventanas, acariciando su rostro, relajándole, y se sintió bien. Los rayos del sol, rojos y naranjas, inundaban la cabina con un ambiente cálido y tranquilo. Y así, volvió a dormir.

Kevin D.A.

"La belleza perece en la vida, pero es inmortal en el arte" - Leonardo Da Vinci

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