miércoles, 21 de noviembre de 2012

Dama Blanca


Frío.
Frío sentía cuando sus pequeños y débiles brazos intentaron sin éxito alcanzar la luz que se dejaba ver entre las rejillas que la mantenían aislada.
Cuando notaba cómo iba perdiendo el control de su propio cuerpo.
Poro a poco, pero sin detenerse, la insensibilidad llegaba a su rostro, trepando desde la punta de los dedos de sus pies, impidiéndole mover sus ya demacradas piernas. Su pecho, sus brazos. Sentía cómo perdía el control de su propia alma.
Frío.
Alzó la vista. Quiso plantar cara a todos esos dioses que tantos prometieron que la escucharían. Banalidades que debilitaban su propia fuerza de voluntad. Mentiras.
Miró, por última vez, ese cielo desde el que caían gotas incesantes, que se colaban a través de su celda espiritual, salpicando en su rostro.
Ella, en un último suspiro, con determinación, sabiendo que su camino aun no había terminado, fue perdiendo el rojo de sus mejillas, que se convertían en dos pequeños mármoles perfectos, con un color más puro que la propia nieve que cubría las cumbres donde solía soñar.
Sus ojos, quietos ante la inmensidad, dejaron de brillar.
Su cuerpo, yacería hasta que el mundo en el que había crecido llegase a su fin.
Su alma, vagaría por toda la eternidad, libre del mundo que siempre le dio la espalda.
Nadie la escuchó. Nadie la entendió. Nadie la amó.
Jamás perdonaría.
Jamás volvería a amar.
Dolor.
Nada más.
Kevin D.A.

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